Debo trabajar en sus obras: Encomendado para traer cambio

Debo realizar las obras que me fueron asignadas para traer el cambio

Jesús dijo: «Debo hacer mientras es de día las obras del que me llamó; viene la noche, cuando nadie puede trabajar» (Juan 9:4). Estas palabras revelan urgencia, propósito y la comprensión de su misión. Nos muestran que cada vida no es casual, sino que está regida por un llamado que debe cumplirse dentro de un plazo determinado.

Cuando Jesús se encontró con el hombre que había nacido ciego, los discípulos interpretaron la situación con prejuicios. Preguntaron: «¿Acaso pecó este hombre, o sus padres, para que naciera ciego?». Pero Jesús los corrigió. Les dijo que ni él ni sus padres habían pecado, sino que las obras de Dios debían manifestarse en él.

En otras palabras, lo que ellos veían como un problema, Jesús lo veía como una misión.

Aquí es donde muchos se equivocan. Cuando ven a personas pasando por dificultades, automáticamente asumen que debe haber pecado, una maldición o problemas generacionales. Pero Jesús introduce otra dimensión de interpretación: no todo lo que vemos como sufrimiento es una conclusión de juicio; algunas situaciones son plataformas para la realización. Hay momentos en que lo que parece una limitación es en realidad el escenario donde Dios quiere revelar su obra.

Jesús comprendió esto profundamente. No perdió el tiempo tratando de justificar la condición del hombre; en cambio, se alineó con su propósito. Como conocía su misión, pudo ver más allá de la superficie del problema. No se distrajo con la ceguera, sino que se centró en la manifestación de las obras de Dios. Por eso dijo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (Juan 9:5). La luz no debate con la oscuridad; revela la misión.

De la misma manera, «Que vuestra luz brille delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Jesús nos muestra que la luz no es solo visibilidad, sino revelación en acción. Cuando tu vida se convierte en la expresión del propósito de Dios, los demás comienzan a glorificarlo. Tus buenas obras no son solo logros; son evidencia del cumplimiento de tu misión.

Muchos se enfrentan a un desafío: se centran tanto en la situación de las naciones, las familias, los sistemas o incluso sus propias limitaciones, que olvidan plantearse una pregunta más profunda: ¿cuál es mi misión en todo esto? Puedes vivir en una nación que atraviesa dificultades, pero aun así tener una misión que cumplir sobre ella. A través de tu vida, tu ministerio, tu obediencia y tu fidelidad, esa misma nación puede experimentar una transformación.

A veces la gente pregunta: "¿Está maldito este lugar? ¿Están estas personas condenadas?". Pero la pregunta más importante es: "¿Qué me está indicando Dios que debo hacer aquí?". Porque la misión siempre conlleva una responsabilidad que va más allá de la mera observación. Es posible ver la fragilidad, y aun así ser llamado a la restauración. Es posible ver la oscuridad, y aun así ser designado como luz.

Existen testimonios de personas que trabajaron durante años en lo que parecía una demora. Sin embargo, cuando se les presentó su misión, lo que antes parecía una lucha se convirtió en una fuente de sustento, impacto e influencia para miles, incluso millones. Lo que antes era una carga privada se transformó en una bendición pública. Esa es la naturaleza de la misión: a menudo comienza oculta, pero se manifiesta plenamente cuando la obediencia se da en el momento oportuno.

Jesús dijo: «Debo hacer las obras del que me envió mientras dure el día». Hay una obligación en esta tarea. No es opcional. No es casual. No se puede posponer. Porque llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Hay momentos en que la oportunidad se cierra, no porque Dios no quiera, sino porque el tiempo tiene un límite en el ámbito terrenal.

Por eso la Escritura también dice: «Todo lo que te venga a la mano para hacer, hazlo con todas tus fuerzas» (Eclesiastés 9:10). La tumba no conlleva ninguna tarea. La eternidad no admite obediencia tardía. La vida exige respuesta.

Pablo también compartía esta comprensión. Expresó que partir y estar con Cristo era mucho mejor, pero que por el bien de la iglesia permanecería. Su vida ya no se centraba en preferencias personales, sino en una misión. Comprendió que su presencia en la tierra no era accidental, sino necesaria para los demás.

Incluso en Getsemaní, Jesús sintió el peso de la misión. Fue presionado al máximo, pero declaró: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). La misión siempre pondrá a prueba la tensión entre la comodidad y el propósito. Pero quienes la comprenden no la abandonan ante la presión.

La pregunta entonces se vuelve muy personal y directa: ¿cuál es mi misión? ¿Estoy llamado al ministerio, a los negocios, a la familia, al liderazgo o a influir en la sociedad? Porque la misión no se limita a una plataforma, sino que se define por el propósito. Y cuando una persona lo comprende, comienza a vivir con claridad, dirección y autoridad.

El enfoque de la vida cambia entonces. Ya no se trata solo de sobrevivir, sino de manifestar. No solo de satisfacer necesidades personales, sino de generar un impacto. Porque en cada tarea se esconde el beneficio de los demás. Hay personas que solo recibirán ayuda si obedeces tu llamado.

Hoy, el mensaje es sencillo pero profundo: no malinterpretes tu situación. No reduzcas tu vida a lo que se ve en la superficie. Tienes una misión que cumplir.

Puntos de oración

  1. Padre, permíteme manifestar las obras de Dios en mi vida, para que Tú seas glorificado, y despiértame a la revelación de mi misión.

  2. Señor, haz que mi luz brille ante los hombres, para que mi vida produzca buenas obras y haga que otros te glorifiquen.

  3. Padre, líbrame de las distracciones y de las malas interpretaciones de esta etapa de mi vida. Ayúdame a comprender que tengo una misión que debe bendecir a otros mediante mi obediencia.

  4. Señor, dame la fuerza para realizar las obras de Aquel que me envió mientras es de día, y no perder el momento oportuno para mi propósito divino.

Amén.

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