Hay momentos en la vida que solo pueden describirse como épocas de oportunidad. Muchos pueden dar testimonio: «Hubo un tiempo en que se me abrieron puertas; hubo un tiempo en que el favor se hizo evidente; hubo un tiempo en que el acceso fue fácil». Esto no son mitos ni cuentos, sino experiencias que muchos han vivido. Jesús mismo afirma este principio cuando dice: «Debo hacer las obras del que me envió mientras es de día; viene la noche, cuando nadie puede trabajar» (Juan 9:4).
Esta afirmación revela una verdad fundamental: a cada persona se le concede un «tiempo de oportunidad». Un periodo de oportunidades, acceso y capacidad para desarrollarse. Nadie llega al final de su vida sin haber experimentado tales momentos. El problema no radica en la ausencia de oportunidades, sino en cómo respondemos a ellas.
El problema, sin embargo, es que muchos no reconocen la importancia de la etapa que atraviesan. Las oportunidades a menudo no se presentan con facilidad ni comodidad. Llegan en forma de responsabilidad, presión, sacrificio y esfuerzo constante. Y en ese mismo entorno, la pereza se convierte en el mayor enemigo del destino.
Las Escrituras lo dejan claro: «¿Ves a un hombre diligente en su trabajo? Él estará ante reyes» (Proverbios 22:29). La diligencia es lo que transforma a los hombres comunes en figuras influyentes. Es lo que los lleva del anonimato al liderazgo, la influencia y la autoridad. La realeza, en este sentido, no es simplemente un título; representa sistemas de influencia, gobierno y responsabilidad.
Por otro lado, las Escrituras también advierten que «la mano del diligente gobernará», pero «el perezoso será sometido a tributo» (Proverbios 12:24). Esto ilustra dos resultados posibles. La diligencia genera poder, mientras que la pereza genera dependencia. Uno se convierte en constructor dentro de los sistemas; el otro se convierte en sujeto de ellos.
La pereza no siempre es inactividad total; a menudo es la negativa a actuar con la intensidad que requiere la temporada. Es demora, vacilación, inconsistencia y falta de urgencia cuando la vida exige movimiento. Es el enemigo silencioso que hace que las personas pierdan el momento oportuno.
Las palabras de Jesús en Juan 9:4 también implican urgencia: se acerca una «noche». La noche representa la limitación: cuando la capacidad disminuye, las oportunidades se reducen y el acceso se restringe. En esa época, lo que no se construyó durante el día determinará la situación en la noche.
Por eso, las Escrituras enfatizan repetidamente la importancia de la acción: «Todo lo que te venga a la mano para hacer, hazlo con todas tus fuerzas» (Eclesiastés 9:10). La vida no recompensa solo la intención; recompensa la acción. La tumba se describe como un lugar donde cesa el trabajo, lo que significa que cada tarea debe cumplirse en el tiempo establecido.
Muchas personas justifican su pereza con excusas: falta de dinero, falta de contactos, falta de apoyo. Sin embargo, en muchos casos, es el trabajo constante lo que produce precisamente eso. La diligencia suele ser el puente hacia la prosperidad, las relaciones y las oportunidades. Cuando ese puente no se construye, las excusas se convierten en limitaciones permanentes.
La tragedia de la pereza no reside solo en el tiempo perdido, sino también en la capacidad de posicionarse. Determina si una persona se convierte en gobernante o permanece bajo sistemas que podría haber influenciado. Transfiere el destino de la autoridad a la dependencia.
Por lo tanto, la pregunta no es si surgirán oportunidades, sino cómo responderás cuando se presenten. La diligencia es la respuesta que asegura el futuro; la pereza, la que lo hace fracasar.
En cada temporada existe una demanda. Y el precio de ignorar esa demanda siempre es mayor que el esfuerzo necesario para satisfacerla.
Escoge la diligencia, porque el precio de la pereza es un destino retrasado o disminuido.