Destinos abortados: cuando la ofensa, el retraso y la influencia descarrilan la promesa
Hay ocasiones en que Dios oculta intencionalmente el mensaje de liberación, incluso a simple vista. Jesús mismo dijo en Mateo 13:13: «Por eso les hablo en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden». La claridad de sus palabras cegaba a los fariseos, no porque el mensaje fuera confuso, sino porque sus corazones estaban endurecidos. La verdad era demasiado clara, demasiado penetrante. Si realmente la hubieran visto y entendido, se habrían arrepentido y, al hacerlo, podrían haber interrumpido el plan divino de redención. Dios, en su sabiduría, decidió ocultarles ciertas cosas para cumplir su propósito.
Al oír, no oyeron. Todavía hoy hay personas que escuchan la Palabra de Dios, pero se les escapa la comprensión, no por falta de intelecto, sino por ceguera espiritual. A veces, una persona puede verse impedida de alcanzar la revelación simplemente porque el mensaje ha sido velado. Y este velo no siempre es místico ni complejo; puede estar oculto de las maneras más sencillas. Una parábola. Una frase. Un momento. Un corazón endurecido.
Los hijos de Israel son un ejemplo poderoso. Aunque habían presenciado milagros poderosos —la apertura del Mar Rojo, el maná del cielo, el agua de la roca—, aún albergaban incredulidad. Hebreos 3:19 nos dice: «Vemos, pues, que no pudieron entrar a causa de su incredulidad». Dios vio sus corazones, y en lugar de guiarlos por el camino corto a Canaán, los condujo por el largo camino a través del desierto, poniendo a prueba su madurez. Cuando fueron enviados a reconocer la tierra, no fue para que Dios descubriera lo que había en ella, sino para que ellos descubrieran lo que aún había en ellos. ¿Y qué surgió? Miedo. Duda. Falta de disposición para andar en lo que Dios ya había prometido.
Dios los retrasó, no para negarlos, sino para desarrollarlos. Deuteronomio 8:2 lo refleja: «Y recordarás que el Señor tu Dios te ha guiado durante estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y probarte, para saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos». A veces, las personas se demoran en recibir la promesa no porque Dios se la retenga, sino porque en su interior reside la incapacidad de sostener lo que Dios quiere liberar.
La madurez califica a una persona para heredar. No solo importa la promesa, sino la capacidad de llevarla y preservarla. Gálatas 4:1 explica: «Pero digo que entre tanto que un heredero es niño, en nada difiere de un esclavo, aunque es señor de todo». Una persona puede ser heredera por derecho, pero estar descalificada por inmadurez. Y el enemigo lo sabe. A veces, cuando no puede bloquear la promesa misma, siembra una raíz de ofensa para que la persona se descalifique a sí misma.
La ofensa es sutil, pero mortal. Jesús, al decir la verdad, se convirtió en piedra de tropiezo para muchos. Juan 6:66 registra: «Desde entonces, muchos de sus discípulos se apartaron de él y ya no andaban con él». ¿Qué sucedió? Se ofendieron por sus palabras. Las mismas palabras que les daban vida eterna eran demasiado pesadas para sus corazones. El enemigo usó la ofensa como herramienta para alejarlos de su destino.
Esta misma táctica opera hoy. Una persona puede ser la siguiente en la fila para un gran avance, pero el enemigo envía ofensa, orgullo, distracción o miedo para abortar lo que ya es suyo. El favor está listo, los milagros están al alcance, pero si la vasija no puede contener el aceite, goteará. Lo que califica a una persona para la promesa no es solo el tiempo de espera, sino la disposición, la fortaleza de carácter y la sumisión al proceso que Dios requiere.
El Salmo 105:19 dice de José: «Hasta que se cumplió su palabra, la palabra del Señor lo probó». Dios envía su palabra por adelantado, no solo para anunciar el destino, sino para preparar a la persona para él. Esa palabra puede llegar mediante corrección, proceso, poda u oscuridad. Pero muchos rechazan el proceso y pasan por alto la palabra. Oran por la manifestación, pero cuando la preparación llega en forma de dificultad, endurecen su corazón.
Sin embargo, Dios, en su misericordia, puede retrasar la manifestación, no para frustrar, sino para proteger. Él retrasa para que la palabra no se desperdicie. Él retrasa para que maduremos lo suficiente como para recibir lo que Él está a punto de revelar. El Salmo 107:20 nos recuerda: «Envió su palabra y los sanó, y los libró de su ruina». Pero si esa palabra no se acoge, si no encuentra dónde echar raíces, puede pasar de largo.
Dios está preparando a un pueblo no solo para recibir promesas, sino para llevarlas a cabo. La herencia no es solo para quienes creen en la promesa, sino para quienes han permitido que el proceso los forje como administradores de la gloria. La pregunta ya no es solo "¿Se cumple la promesa?". La pregunta más importante es: ¿Estás preparado? ¿Te has rendido? ¿Has madurado lo suficiente para llevar lo que Dios está liberando en esta época?
Porque a veces, la demora no es el enemigo. La demora es Dios diciendo: "Espera. Todavía te estoy preparando".
Llamada a la acción:
Esta palabra puede ser la respuesta que has estado esperando, así que no la dejes pasar.
🙏 Tómate un momento para orar: “Señor, ayúdame a no desperdiciar lo que me estás preparando. Hazme madurar en lo secreto y haz que me mantenga firme en tu etapa de ascenso y excelencia”.
📖 Estudia y medita en Mateo 13, Hebreos 3, Salmo 105:19 y Deuteronomio 8:2 esta semana.
🗣 Comparte esto con alguien que esté frustrado en su temporada de espera; recuérdale que la demora no siempre significa negación. Crea tiempos de oración juntos para lograr avances y liberación.
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